Recuerdo vagamente cuando era niño y Viktor Orbán una vez vino a visitar nuestra casa con su esposa, Anikó Lévai, quien resultó crecer en un piso contiguo al de mi abuela en una ciudad de tamaño mediano en las llanuras del este de Hungría. A pesar de que nuestras familias perdieron el contacto, veníamos del mismo estrato sociológico -élites provincianas cuyos descendientes se movieron hacia arriba a medida que el mundo de las ideas se abría para ellos. Este tipo de personas tienden a tomarse las ideas muy en serio y a veces bastante literalmente. Combinado con la ingenuidad, esto puede resultar en un idealismo sin límites. Combinado con el cinismo, en una devoción autocrática.
Mi madre, que no es ni cínica ni idealista, se quejó amargamente en los últimos años sobre el resentimiento articulado demasiado vocalmente por Orbán. Insistía en que probablemente nunca había aprendido a lidiar con el hecho de que, siendo un aldeano excepcionalmente talentoso con inmensas ambiciones, nunca se le había dado el debido respeto en la estrecha capa élite de la inteligencia liberal de Budapest.
Lanzar una campaña vil en la década de 2010 contra su antiguo patrocinador, George Soros, y luego invertir fuertemente en la construcción de una red global alternativa e iliberal, hacía parecer que todavía estaba actuando por un rencor personal de décadas atrás. Orbán aparentemente todavía quería demostrarles a esos intelectuales liberales que lo que eran capaces de lograr gracias a la generosidad de Soros, él podía lograrlo por sí solo, incluso si esto requería apropiarse indebidam…






