Desde el inicio del siglo XXI, el término “wokeismo” ha destacado en los debates políticos, académicos y mediáticos. Originalmente un término de jerga afroamericana, en la década de 1940 “woke” describía un estado de vigilancia hacia la injusticia racial y las diversas formas de discriminación que de ella se derivaban, particularmente en los Estados Unidos segregacionistas. En la década de 1960, el concepto se hizo más conocido tras la lucha por los derechos civiles. Activistas negros, pero también movimientos feministas y pacifistas, adoptaron esta postura vigilante. Inicialmente un lema activista, el término se fue transformando gradualmente en una ideología organizada.
En Francia, la obra de Régis Debray “Una modesta contribución a los ritos y ceremonias del décimo aniversario” anticipó este cambio, denunciando los “derechos del hombre blanco” como una ficción universalista que servía para ocultar la dominación occidental. La nueva ideología del wokeismo desafió el universalismo abstracto de la Ilustración a favor del particularismo militante. En la década de 2000, la expresión “stay woke” se revivió en las redes sociales, especialmente después de 2013 y el movimiento Black Lives Matter. Desde entonces, la esfera intelectual estadounidense se ha impregnado de un wokeismo eufórico que se ha convertido en el alfa y omega de la nueva sociedad intelectual.
Pero lo que originalmente se pretendía como un instrumento de emancipación terminará paradójicamente dañando a las minorías mismas. El incipiente fenómeno del anti-wokeismo, lejos de simplemente criticar los excesos del wokeismo, se está radicalizando y convirtiendo en un arma política para estigmatizar a las minorías.
[Contexto: Explicación de la evolución del término “wokeismo” desde su origen afroamericano hasta su transformación en una ideología organizada.]
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