El cementerio en tiempos de la fundación

ESCRIBE EL DOCTOR HERNANI JUSTO BARILI, HISTORIADOR

Justo Hernani Barili, historiador.

El lugar lógico para encontrar una voz de otros tiempos, es un cementerio de otros tiempos. Antes de fundarse el pueblo y construirse el cementerio, los muertos eran enterrados en algunos camposantos informales en el área rural como el que estaba al lado del negocio de Martín José González, en los antiguos campos arrendados por Antonio Licate, hoy, campo La Victoria camino a Casalins; el de La Esmeralda de Narciso Roldán; el de San Laureano y el enterratorio indio a las afueras de la actual Villa San Pedro, en las inmediaciones de la antigua chacra de Domingo Zabaleta.

Asimismo, podían ser sepultados en los cementerios de los pueblos vecinos, como el caso del Municipal Procurador y Comandante Juan Silva, depositado en la bóveda familiar en Dolores, o ser enterrados en el lugar de fallecimiento a pocos metros de las viviendas en cajones provistos por carpinteros de la zona o envueltos en telas, por ejemplo, y habiendo cementerio, el caso del 5 de enero de 1874 cuando varios soldados de un batallón de la Guardia Provincial fallecen de cólera mientras se dirigían a Azul y se prohibió traerlos al cementerio del pueblo.

Tampoco faltó quien intentó poner un cementerio privado como Marcos Bernaola, pero, para las autoridades municipales, un cementerio clandestino.
A principio de 1868 cunde el pánico en el partido, una epidemia de cólera irrumpe en un escenario económico, social y político complejo, fallecen ochenta y siete personas. Además, pone al desnudo el precario sistema sanitario, los enfermos coléricos eran atendidos por curanderos; no había médicos ni remedios ni demás medidas de emergencia sanitaria de prevención y curación.

En este contexto, se toman medidas de urgencia:
• Quemar todas las basuras y osamentas del campo que lleven a descomponer el aire, y las que no fuesen posibles de combustión, enterrarlas a una vara (*) y media de profundidad.
(*)Vara: 83,59 cm.
• Que los cadáveres no queden más de veinticuatro horas insepultos, y echar bastante cal en el cajón.
• Prohibir bailes y reuniones de personas extrañas a la casa donde se velase algún párvulo fallecido.
• Tapar o baldear todos los pozos o jagüeles que distribuyen agua corrompida por su abandono de largo tiempo a esta parte.
La cruda realidad de la campiña y sus muertos, hicieron que a los muertos se los sepultase dentro de las seis horas de fallecer, se quemasen sus ropas de camas y demás cosas que le hubiesen servido durante el ataque, posteriormente, se fumigaba la habitación y luego se la blanqueaba con cal para evitar la propagación de la peste. Los velorios estaban prohibidos y a los cuerpos se los inhumaba a no menos de cien metros del lugar de deceso.

Se lo sepultaba a una profundidad de dos varas y media y se echaba bastante cal dentro del cajón. Puesto en la sepultura, se tiraba encima más cal, y luego se rellenaba el hondo pozo con tierra pisoneada. La epidemia después de azotar a Rauch y zonas vecinas, y de un pasaje corto y doloroso, termina hacia mediados de marzo de 1868.

El 22 de septiembre de 1869 se informa al Ministro de Gobierno que varios vecinos solicitaron la exhumación de los restos de sus deudos, fallecidos en la última epidemia, con el objeto de trasladarlos a los cementerios de los pueblos inmediatos.

Ante esta situación, Francisco M. Letamendi, informa al Gobierno Superior de la situación, que responde el 11 de abril de 1870 que de conformidad con el Concejo de Higiene Pública el Gobierno acuerda y decreta que ningún cadáver podrá ser exhumado sino pasado dos años desde la inhumación, cuando la muerte haya sido producida por causas ordinarias, y pasados cinco años, cuando la muerte sea debida a una epidemia (de cólera, de fiebre amarilla, de viruela, etc.) y absolutamente prohibido en épocas de pandemia, exhumar cadáveres, sea cuales fueren las causas que hayan producido la muerte.

El 2 de diciembre de 1871 es intimado Marcos Bernaola por el Alcalde del Cuartel Nº4, Manuel Soliveya, mediante nota firmada por el Juez de Paz Francisco M. Letamendi donde expresa: “…he recibido su nota de ayer en que da cuenta de que la única defunción habida en el mes pasado en ese Cuartel, ha sido sepultada encampo de Don Marcos Bernaola.

Como sé que ha establecido en ese Cuartel, Bernaola, un cementerio, le ordenará se abstenga de sepultar en el mismo ningún cadáver hasta tanto tengo autorización de la Municipalidad”. El campo de Marcos Bernaola estaba lindero a la estancia La Compañía.
Fundado el pueblo, el 15 de febrero de 1873 se da comienzo a la venta de solares, quintas y chacras.

El 16 de marzo de 1873 el Juez de Paz, Francisco M. Letamendi, envía una nota al responsable de Obras Públicas, Juan Pedro Doyhambehere: “habiendo llegado al conocimiento del que firma que se objeta tratándose de la elección del terreno para el cementerio, que el que se destinó para ese fin es demasiado inmediato al pueblo, se dirige a Ud. a efecto de que asociado al Agrimensor Municipal Benedicto Calcagno, se sirva elegir una chacra para aquel destino; que sea lo más alto posible su terreno, y que diste de unas ocho o diez cuadras de la última quinta”.

Las autoridades del pueblo estaban establecidas en la estancia “Porvenir” del Juez de Paz Francisco Mauricio Letamendi. El 4 de abril de 1873 se nombra Alcalde del nuevo pueblo a Martín J. Costa. El Juzgado, distante 14 leguas, no podía garantizar la seguridad del poblado ni resolver los reclamos; se agudizaban los pedidos de los vecinos por sus muertos.

El 30 de julio de 1873 varios vecinos residentes en el pueblo remiten una solicitada al gobernador Mariano Acosta pidiendo el traslado de las oficinas del Juzgado y Municipalidad.
El 20 de septiembre de 1873 renuncia Juan Pedro Doyhambehere al cargo de Obras Públicas, nombrándose a Saturnino Pita en el cargo vacante.

El 14 de octubre 1873 la población reclama un cementerio y el juzgado manda a Saturnino Pita una nota para la construcción de un cuadrado de cien varas con cuatro alambres Nº6 defendido por una zanja. La chacra Nº17 de la Sección Este, actual Cementerio, fue elegida por una comisión conformada por Juan P. Doyhambehere y Benedicto Calcagno. Zanjeada y alambrada, se le construyó un portón de rastrillo de pinotea con su correspondiente herraje y candado.

La medida de la puerta era de 3 y 1/2 vara de ancho por la altura correspondiente, asegurada a dos pilares y un umbral de pinotea en forma de marco. Cada pie llevaba un triángulo cerrado abajo para evitar oscilaciones al abrir y cerrar.
Se lo pintó de negro y se colocó un cartel pintado de igual color, que tomaba todo el ancho del portón, con la inscripción Cementerio de Rauch en letras blancas. En el centro del portón se ubicó una cruz de una vara de alto pintada de negro. En el centro del cementerio se colocó una cruz de seis varas de alto, clavada una vara en la tierra y se la pintó de negro.

A esta cruz se le hizo un pedestal de material, que llevó más o menos tres mil ladrillos que los proveyó el hornero, Francisco Malcorra. También se construyó una vivienda en ladrillo y barro que constaba de una pieza y cocina para el sepulturero. El techo era de zinc, puerta de pinotea y una ventana con cuatro vidrios.
De esta manera, en este sencillo cementerio público, comenzaron a descansar los restos de los primeros pobladores de Rauch.

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