Cuentos en cuarentenea: Hoy, «La esquina»

En su quinta y última entrega, el ciclo de «Cuentos en cuarentena» ofrecido durante todo el mes de mayo, presenta «La esquina», el relato de Juan Esteban Bassagaisteguy de su primer libro de cuentos «Truculencias» y que cuenta en esta ocasión, con ilustración de Melisa Rúa. 

Fumar es una de las pocas cosas que me da tranquilidad. Sentir la nicotina dejando su huella indeleble en mi interior es un placer, un vicio sin igual.

Mis colegas del hospital me dicen a cada rato «Enrique, no fumés, hermano, no podés toser como un condenado mientras operás a corazón abierto».

Pero yo necesito la paz que me brinda el cigarrillo. Además, ellos no han vivido lo que yo viví. O sea, lo pueden imaginar, pero sentirlo en carne propia, imposible. El momento en que el corazón explota y a la vez continúa latiendo es indescriptible.

Fue en esta misma esquina. Un día como hoy, veintiocho de octubre, pero de hace trece años. Sábado a la tardecita. Hacía calor y estaba a punto de empezar a llover, como ahora.

Crucé la avenida hacia el kiosco para comprarme unos Marlboro mientras Lucrecia se quedaba con Federica y el Batuque dando las últimas correteadas por la plaza.

Regresando con los puchos las vi en la esquina de enfrente, tomadas de la mano y saludándome en la distancia. Lucrecia sujetaba con la correa a nuestro perro, cachorro todavía, y su silueta se destacaba como nunca con sus pantalones elastizados y una blusa pegada al cuerpo como estampilla; nuestra pequeña hija llevaba su vestido de flores preferido y dos colitas en el pelo que resaltaban su hermosura. Sonrisas francas, plenas de pureza sin igual.

Obedientes, esperaron a que el semáforo del peatón se pusiera en blanco para cruzar.

Y todo se tiñó de rojo.

El hijo de puta del micro venía a más de ochenta kilómetros por hora. El golpe todavía resuena en mis oídos, seco, crudo. Las vi volar por el aire. Batuque, aferrado a la correa, tampoco pudo evitar el impacto. Corrí y llegué antes que nadie. Las tripas del cachorro estaban desparramadas sobre el pavimento; todavía respiraba e intentaba lamer los pómulos de Federica, que sangraban sin parar. Ella no se movía, no gritaba, no gemía. Intenté las maniobras consabidas de resucitación cardiopulmonar una y otra vez, pero sin éxito.

Se me fue. Federica se me fue.

Me di vuelta cuando escuché la voz entrecortada de Lucrecia preguntando por
nuestra hijita. Me senté en el asfalto y apoyé su cabeza en mi regazo; su bajo vientre era
un manojo sanguinolento de carne entremezclado con jirones de su blusa, y sus piernas
estaban giradas en una posición imposible.

—Está bien —mentí. Ella sonrió y cerró sus ojos. Por eso no vio las lágrimas que
empezaron a caer desde los míos.

Murió camino al hospital.

Las dos se escaparon de mi vida una tarde como hoy. Y yo, médico de profesión, no
pude hacer nada para salvarlas. Ironías del destino, y la puta que los parió. A los
colectiveros asesinos y a los colegas que joden con que deje de fumar. Qué mierda
saben ellos sobre qué es lo que te hace mal.

Nunca veré crecer a Federica. No la podré ayudar con los deberes de la escuela, ni iré
a buscarla en sus primeras salidas a bailar, ni le daré mi hombro cuando quiera llorar
ante algún desengaño amoroso. Siempre tendrá ocho años, ni uno más.

Y nunca más volveré a sentir la calma interior que la compañía y la sonrisa de
Lucrecia traían consigo. Y sus besos, sus caricias, la cercanía de su piel…

Nunca más. Ninguna de mis reinas junto a mí.

Termino de fumar otro cigarro justo cuando el semáforo se pone en verde y los
colectivos y taxis aceleran por la avenida.

Un ataque de tos repentino hace que se me cierre el pecho y tenga que agacharme
para poder respirar. Apoyo mis manos en las rodillas y veo cómo un pequeño hilo de
baba cae a la vereda; siento las flemas en la boca pero no las escupo: no quiero ver
sangre –otra vez-.

Logro incorporarme cuando siento los dedos huesudos de la que es mejor no nombrar
posándose, fraternales, en uno de mis hombros.

Y entonces las veo. Otra vez. Como cada veintiocho de octubre. Me sonríen desde la
otra esquina; el Batuque las acompaña y, a pesar del ruido de los motores, oigo sus
ladridos.

Me invitan a cruzar, haciéndome señas con sus manos.

Les doy la espalda y camino hacia el estacionamiento donde dejé el auto. Doy unos
pocos pasos y giro la cabeza. Siguen en la esquina y desde allí puedo ver sus ojos
clavados en los míos. Sonrío y soplo dos besos al viento. Ellas se esfuman junto al
cachorro, dejándome solo otra vez.

Todavía no es mi momento.

Quizás lo sea el año que viene.

Juan Esteban Bassagaisteguy
Ilustración de Melisa Rúa

 

1 Comentario

  1. «La esquina», muy lindo relato de Juan Esteban Bassagaisteguy. Gracias por la posibilidad de su lectura a travez de ciclo cuentos en curentena….

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