Cuentos en cuarentena: «El viejo», de Juan Esteban Bassagaisteguy

Como todos los domingos LA NUEVA VERDAD DE RAUCH te acerca el segmento de mayo “Cuentos en Cuarentena”, esta vez con relatos cortos de Juan Esteban Bassagaisteguy del libro “Truculencias”. En esta oportunidad, “El viejo”.

 

Acostado en el camastro de hierro de su celda, el viejo mira el cielorraso de yeso.

Dos metros y medio por tres. Eso es lo que mide su morada actual, donde una mesa ocupa el centro de todo. Sobre una de las paredes, un armario metálico contiene sus pocas pertenencias. En el lado contrario, y desde un diminuto espacio, el inodoro y el lavatorio completan la escena. Una puerta de metal verde —con una pequeña abertura en su parte superior—, numerada y cerrada por fuera, lo aísla del resto de los internos.

Son las seis y media de la mañana y el silencio reina en las instalaciones del pabellón 6 del módulo IV del penal de Marcos Paz, donde miran pasar la vida los detenidos por delitos de lesa humanidad cometidos en Argentina entre 1976 y 1983.
Le duele horrores la cadera por la caída que sufrió en la ducha hace una semana. Aunque ese es el menor de sus males: con ochenta y siete años cumplidos, el cáncer de próstata está carcomiendo su interior, consumiéndole lo poco que le queda de energía.

A pesar de todo eso, no llora.

Nunca lloró.

Un retorcijón violento lo acomete con la fuerza de cien mil puñaladas. Como puede, se levanta de la cama y, a duras penas, llega con tiempo al inodoro para sentarse en él —sus pantalones y calzoncillos bajos— justo antes de desgraciarse encima. Cierra los ojos, descarga sus tripas y un hedor nauseabundo invade la celda.

Pero algo no está bien. No es solo el olor de sus heces lo que anega sus fosas nasales. Hay otro olor. A muerte, a cadáver en descomposición.

Abre los ojos y los ve. Son cinco y están parados frente a él, entre la mesa y el inodoro.

Procura no darle vía libre a su cerebro desgastado, que quiere sacar conclusiones apresuradas. Pero es imposible. Distingue a través de ellos la cama y la pared del fondo de la celda, y eso le pone la piel de gallina por primera vez en su vida. Los visitantes sonríen: el viejo distingue con toda claridad que a dos de ellos les falta el maxilar inferior. Jirones de piel caen de los cinco rostros aunque los ojos siguen dentro de las cuencas –de donde se escapan gusanos blancos que pululan por lo que queda de sus mejillas.

Intenta ponerse de pie pero cuatro de los desconocidos se adelantan y lo sujetan de sus brazos y piernas, manteniéndolo sentado en el inodoro. Todos llevan colgando de lo que queda de sus cuellos (de los que emergen músculos y tendones repletos de hormigas, moscas y otras alimañas) el trapo que hace más de treinta años hizo las veces del tabique que usaron, obligados, en los centros clandestinos de detención.

El visitante restante se acerca despacio y coloca el agujero repulsivo de su nariz ausente a menos de medio centímetro de la del viejo. Sin mediar palabra, escupe un gargajo negro directo a uno de los ojos del anciano, el que luego se desliza viscoso hasta su bigote entrecano. El octogenario distingue con toda claridad el agujero de bala que su agresor tiene en medio de la frente.

   ―Vinimos por vos ―dice con voz gutural; una cucaracha cae de su boca entreabierta. El anciano nota que le falta media lengua―. Tu tiempo llegó, hijo de puta.

Cuando el viejo quiere contestar con su voz de mando, la misma que infundía terror a sus subordinados, una mano surge de entre la mierda del inodoro y lo sujeta con fuerza de los testículos. Siente que algo le explota por dentro y un aullido de dolor descomunal sube por su garganta; pero este no alcanza a surcar el aire ya que, con la velocidad de un tren bala, el espectro que lleva la voz cantante toma el trapo sucio de su cuello y los de sus cuatro compañeros de viaje, forma una pelota con ellos y la introduce en la boca del anciano, impidiéndole gritar.

―Pero antes vamos a jugar un rato ―sonríe demencial.

A una seña, los cuatro espectros que lo acompañan hunden una de sus manos en sus propias vísceras nauseabundas y sacan de allí pistolas de clavos y pequeñas tiras de alambres de púas. Con presteza, enrollan las muñecas y los tobillos del viejo con el alambre —las púas desgarran la piel—, estiran sus brazos avejentados contra la pared, disparan cuatro clavos en ella y atan allí las muñecas del anciano. Disparan otros cuatro clavos al piso y repiten la maniobra con las piernas del viejo, separándolas en V y atando sus tobillos a aquellos. El que había hablado saca del interior de su vientre carcomido una picana eléctrica con un cable largo que sale de uno de sus extremos. Y rasga de un tirón la camisa que lleva puesta el viejo, dejando a la vista un pecho velludo y ceniciento. Los ojos de este giran frenéticos en sus órbitas (la mano manchada de mierda no deja de oprimir fieramente sus testículos).

      ―La conocés, eh, ja.

Uno de los fantasmas atraviesa la puerta de la celda y conecta al foco que está en medio del pasillo los cables pelados de la picana; luego regresa con sus pares. Otro de ellos vuelve a meter las manos en su abdomen corroído y saca una bolsa de polietileno. Un tercero hace lo mismo y obtiene de dentro de sí un caño de metal de unos treinta centímetros de largo.

―Treinta mil almas bajo tus botas. Sufriendo horrores que no se pueden describir con palabras. Deseando la muerte para frenar las torturas mandadas por vos, el máximo dictador. Todos te la quieren cobrar, hijo de puta: allá abajo no se habla de otra cosa.

Termina su discurso y, enseguida, uno de los espectros mete la cabeza del viejo dentro de la bolsa de polietileno y la anuda bordeando el cuello repleto de arrugas. El submarino seco. El anciano nota cómo se queda, rápidamente, sin aire; el bolo de trapo sucio que tiene en su boca impide el paso del aire.

Sin pausa, y mientras uno de los fantasmas sostiene con fuerza la cabeza embolsada del viejo militar, otro de los espectros aplica la picana en sus tetillas desnudas, bajo sus uñas, en los testículos —siempre estrujados por la mano del inodoro—. El anciano convulsiona en sus ataduras de alambre de púas (sus muñecas y tobillos sangran sin parar), pero se mantiene con vida.

Uno de los visitantes retira la bolsa de polietileno de la cabeza del viejo y el aire lo reanima un poco. En la porción de su mente que todavía razona resuenan las carcajadas enardecidas de los cinco; lo presiente, lo sabe por su propia experiencia estando del otro lado del mostrador: lo peor aún no ha llegado.

Entonces, uno de los fantasmas separa los muslos del reo y otro introduce el caño en su ano, girándolo cual gigantesco tornillo. La sangre mana abundante y de color granate. Los ojos del viejo se quedan blancos por un instante, y luego se clavan con una furia incontenible en las cuencas sin vida del espectro lenguaraz. Este sonríe, se acuclilla y sopla en el caño millones de hormigas rojas —que trae en sus pulmones pútridos y que abundan en la fosa común en donde está enterrado—. Los insectos, irritados y embebidos del olor hediondo de la sangre y la mierda, buscan la única salida posible aguijoneando y mordiendo al anciano.

Las descargas eléctricas no cesan y consiguen que el viejo, en sus espasmos incontrolables y con sus cuatro extremidades fijas en las ataduras, se parezca a un grotesco payaso queriendo hacer sus gracias pero sin lograrlo.

El manto oscuro de la muerte redacta su punto final.

De la nada, así como llegaron, los cinco espectros abandonan la celda esfumándose en el aire no sin antes escupir, el jefe, otro espeso moco negro que va a dar en medio de los ojos del anciano sin vida.

Todo queda en silencio.

Hasta las ocho y cuarto de la mañana, cuando se oye la voz preocupada del guardia, quien desde la mirilla de la puerta de la celda distingue al viejo sentado en el inodoro:

―¡General! ¿Se encuentra bien?

Recibe como respuesta solo el eco de sus propias palabras.

Juan Esteban Bassagaisteguy
Ilustración de Germán Morón

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here